CARTA DE UNA DESCONOCIDA
(final alternativo)
Se quedó mirando el jarrón durante horas, inmóvil como una estatua
y con la mente en blanco. Después, miró sus manos, se sintió sucio. Fue a
ducharse y a reflexionar sobre lo ocurrido. Tras un largo tiempo en la ducha
recordó todo sobre esta mujer; su bella sonrisa capaz de cautivar a cualquier
hombre, su precioso pelo castaño, sus ojos verdes, su pequeña nariz, su esbelta
figura... También recordó su perfume, como vestía, su forma peculiar de
caminar, las actividades que realizaban juntos, los besos de película… Lo
recordó todo, excepto la cosa más importante; su nombre. El hombre pensó donde
podría encontrarlo.
Volvió a coger la carta, miró detrás y una alegría le recorrió el
cuerpo de pies a cabeza. El nombre estaba detrás, era Alice Wings. Además,
ponía una dirección, que le llevaba a una ciudad vecina. Cogió la carta y salió
de su casa.
Más tarde, el hombre se encontraba en la estación de tren. Pensaba
en como presentarse y en como pedirle disculpas. Durante el viaje compró una
botella de agua. Estaba sediento de tanto pensar en ella. Al bajar del tren,
llamó a un taxi el cual le llevó a la dirección de la carta.
Se encontraba en el portal de la
casa de Alice. Estaba nervioso, sudando, histérico. Tocó a la puerta. Escuchó unos pasos que venían
hacia él. La puerta se abrió. Era un hombre, de unos 40 años, alto, corpulento
y con pinta de pocos amigos. El escritor le preguntó si conocía a una tal
Alice. El hombre corpulento, le dijo que era la anterior propietaria de la
casa, y que ella se había ido a Argentina con su hijo. En ese momento, el
escritor sintió como si diez mil puñales se clavaran en su espalda. Además, el propietario de la casa le cerró la
puerta en las narices. No sabía que hacer. Volvió a su casa, se sentó en el
sillón, y se durmió.
Al día siguiente, decidió que no
iba a quedarse con los brazos cruzados. Sacó todo su dinero del banco y compró
el primer billete de barco hacia
Argentina.
El viaje en barco duró una semana.
Al llegar a Argentina, compró un billete
de tren a Buenos Aires, lugar donde empezaría la búsqueda.
Durante tres largos meses, recorrió
toda la ciudad; cada calle, cada rincón, cada recoveco. Pero nada, ni rastro de
ella. Estuvo un año entero viajando por distintas ciudades y aún así no
encontró nada. Preguntó a todas las personas que se encontraba, pero nadie le
contestaba o simplemente le daban una falsa esperanza.
Pero un día, mientras el escritor
estaba tomando un café en el bar “Las Maravillas”, un niño le intentó robar la
cartera. El escritor se dio cuenta, y le pilló infraganti. Cuando el hombre
miró la cara al niño, sintió algo familiar, como si aquel pobre y sucio niño
fuese de su familia. El escritor le preguntó sobre su madre. El niño le dijo
que se llamaba Alice Wings. El hombre lloró de alegría, abrazó al niño y le dio
unos besos. El escritor le dijo que era su padre. El niño no se lo creía e
intentó irse, pero el escritor lo tenía agarrado del brazo tan fuerte, que no
pudo escaparse. El hombre preguntó donde se
encontraba su madre y el niño le llevó hasta ella a cambio de unas monedas.
Mientras estaban caminando, el
ambiente se iba haciendo cada vez más tétrico. El chico se paró ante una gran
puerta de hierro y unos altos muros. En una parte del muro ponía “Cementerio
Municipal”. El hombre se desplomó, ya pensaba lo peor. El niño entró y le llevó
hacia una cruz. En ella ponía el nombre de Alice Wings, y justó al lado estaba
el mismo jarrón de su casa con las flores que recibía todos los años. El hombre
y el niño se sentaron sobre la tumba, y finalmente lloraron juntos.
FIN
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